Sí, lo confieso: Soy un vividor (y2).

Y ahí estuvimos, viviendo nuestro idilio en nuestro “zulito de amor”. La relación se consolidó, pero con nuestros sueldos de peluquera y teleoperador, no podíamos aspirar a nuestro sueño de una hipoteca a 50 años, en una época donde cada semana el precio de la vivienda podía llegar a subir hasta un millón de las antiguas pesetas. Por lo que decidimos quedarnos en nuestro trastero, hasta que o bien bajaran los precios, o subieran nuestros sueldos.

Pero resultó que los precios, no bajaron sino que subieron, y lo que sí bajaron -sobre todo con la crisis- fueron nuestros sueldos. Primeramente se congelaron, y luego se fueron bajando. En mi empresa, por solidaridad con la misma, así nos lo pidieron, y nosotros que en nada tenemos que envidiar la devoción de los japoneses por sus compañías, así lo hicimos. No vaya a ser que el Jefe no pudiera pagar su nuevo chalet en la sierra, el pobre.

Mi chica se adaptó muy bien al barrio, siempre fue muy cariñosa, a mi siempre me recibía con los brazos abiertos, y a mi vecino, con las piernas.

Para ayudar en esa adaptación y a que mi chica se sintiera más a gusto, decidí hacer reformas y mejorar la casa, decidí ponerle una ventana. Pero no sabia con vistas hacia donde, si al cuarto de basuras o al de contadores. Ella me dijo que hacia el de contadores, que así se entretenía mirando lo que consumían los vecinos. Me dijo que tenía razón, que poner una pequeña plantación de marihuana en casa sale muy caro, que el vecino del quinto consumía demasiado.

Mi novia decía que se sentía sola, por lo que le cogí una mascota. La busqué entre nuestros vecinos de al lado. Le conseguí un ratón. Así que Susanita tuvo un ratón, un ratón chiquitín. No se de que me suena todo esto.

Pero la mascota duró poco, porque no os podéis imaginar lo que comía: Sólo chocolate y turrón, y bolitas de anís. Y a mi con pijadas no. Por lo que decidí liberarla “¡Hala pa fuera!”.

Pero los lujos de tener un trabajo, y tener una vida tan afortunada, pronto se acabaron. A mi me echaron del trabajo, porque pese a todas las bajadas de sueldo, salía muy caro y encontraron a otro que cobraba aún menos. Y a mi novia le pasó lo mismo. Por lo que decidimos, nada de empresas pequeñas otra vez, esta vez íbamos a apostar a lo grande, a la empresa más grande de España: El Inem, más popularmente conocido como paro.

Y ahí empezamos a ver, como a muchos capitalistas que habían querido vivir por encima de sus posibilidades, y tener lujos como una vivienda, el banco, hacía de justicia divina, les quitaba su casa y les condenaba a seguir pagando lo que les faltara de la deuda por la hipoteca. Y vimos lo afortunados y dichosos que éramos por vivir de acuerdo a nuestras posibilidades.

La crisis comenzó con el PSOE y continuó con el PP, y todos veían brotes verdes… que se los acababan llevando a Andorra, Suiza, y otros países famosos por el verdor, ya sea de praderas, o de billetes.

Así que viendo que no encontrábamos los brotes por ninguna parte, hemos decidido buscar un cambio, buscar algo “nuevo”, “moderno”. Hemos decidido votar a Podemos, que no nos da trabajo, pero nos da una renta básica universal, sólo por ser ciudadanos. Como hacían los antiguos romanos solo por ser ciudadanos,… aunque ellos tenían todo el resto del imperio para trabajar para ellos, y aquí con tanto paro… no se de donde va a salir, pero si ellos lo dicen por algo será.

Y henos aquí, esperando la renta de Podemos, o los brotes verdes, o al calvo de la lotería de Navidad, donde antes cuando le tocaba a uno el gordo decía de “empezar una nueva vida”, con coches, casas, y viajes; y ahora dicen “tapar agujeros” o en este caso “socavones”.

Otra solución que hemos contemplado, es la de ser otra vez solidarios y ayudar de la misma manera que otros muchos, a reducir el número de parados: Marcharnos de España; pero hemos decidido quedarnos, porque el “sueño español” donde la gente puede vivir por encima de sus maravillosas posibilidades nos atrapa. Porque al final sólo puedo reconocer y decir una cosa, “sí lo confieso: Soy un vividor”.

Jose Antonio Rodríguez Clemente

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