Felices por Decreto

“¡Maldita Navidad!”
Joshua (Gary Busey), antes de descerrajar parte del cargador de su M 16 en casa de Murtaugh, en Arma Letal.

Cuando llegan las Navidades, éstas son como un refrito de algo que se ha vivido ya. Como una vieja canción, que se repite una y otra vez. A veces, como por ejemplo ocurre con “Last Christmas” de Wham! (no hay navidad sin ella), es incluso literal.

Se presenta un decorado, con sus canciones típicas por la radio, sus luces, sus compras, sus belenes o árboles de navidad, la cena de Nochebuena, o de su prima hermana la Nochevieja, etc. Y todo ello enfocado a lo mismo: Mostrar estos días que somos muy buenos, muy felices, y que la vida tiene color rosa.

Parece una película que se rueda cada año en esos días por todos lados, con su argumento ya escrito de lo que debe pasar, y que nosotros debemos interpretar. Debemos responder al canon que decía anteriormente de ser muy buenos, muy felices y que la vida es de color rosa. Para ello, se hacen treguas y aparcan disputas -e incluso guerras-, y se somete a la sociedad a un estado de “amorfinamiento” general. Pero la película es eso, una película, la realidad es otra cosa.

Realmente, solo con estar estos días con los nuestros estaría bien. El problema está en programar la felicidad, que sí o sí tiene que ser unos días concretos y con unas expectativas muy altas, imposibles de cumplir. Y así, al hacer balance y comparar lo que supuestamente debe ser, con lo que realmente es, viene la frustración. Los sentimientos no se pueden programar, no funciona. Las cosas no son perfectas, y siempre va a haber algo no conseguido, o incluso perdido: Un ser querido que se ha ido, un amor roto…

Únicamente podemos ser algo más o menos felices, cuando nos sentimos actores pero nosotros escribimos nuestro propio guión, y pasamos de ser un mero secundario del plano general, a ser nuestro propio protagonista. Y me explico, pensad por un momento en cuales han sido las mejores Navidades que habéis tenido. La respuesta se repite: Cuando se era joven o niño y se hizo tal o cual cosa, quizá no muy importante pero si nueva, agradable y fresca. Ya sea haber tirado petardos, haber recibido los reyes, o haber salido en Nochevieja a una macrofiesta por primera vez. Es decir, cuando la vida es un papel en blanco, con nada escrito y todo por descubrir.

Por ello, yo las vivo como algo normal. Aprovecho para ver a los míos y poco especial más, no busco grandes expectativas que cumplir. Porque las fiestas no son entrañables per se, el ver a los nuestros sí lo es.

Jose Antonio Rodríguez Clemente

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