El Espíritu de mi Ciudad

Hace tiempo oí a Joaquín Sabina decir, que lo que le gustaba de Madrid es que uno podía ser de Madrid y ser de todas partes, que nadie iba a salir con la bandera de Madrid en procesión. Vamos que llega a ser un sitio incluyente y no excluyente.

De hecho en el español castizo, no existe una palabra como “charnego”. El espabilado de turno pensará en la palabra “paleto”. No es lo mismo, “paleto” hace referencia a quien es de pueblo, en el sentido literal; y a la estrechez de miras, en el figurado. Por ello, se podría aplicar a alguien de Valdemorillo, que está en Madrid, y no a alguien de una gran ciudad como Barcelona.

Mi padre es de León, buena tierra del norte de España, con gente adusta, seria y  ¿porqué no decirlo? Con incluso mejor comida. Pues bien, en toda su vida, nunca le he oído decir que alguien se haya dirigido a él con apelativos similares a “charnego”, y no sólo porque no los haya. Él, vino aquí y se convirtió en uno más, sin renunciar a sus raíces, añadiendo lo que esta ciudad le ofrecía a su persona.

En mi caso, yo suelo decir que soy un “auténtico” madrileño, no ya sólo por mi padre, sino por mis abuelos (León y Ciudad Real, es decir de fuera). El porqué lo digo es sencillo, es la esencia de Madrid, lo que le ocurre a todo el mundo,  los orígenes de todos son de fuera. De hecho, a lo largo de mi vida, y de mi generación o próximas a ella, sólo he conocido a 2 personas, que tanto sus padres como sus 4 abuelos fueran de Madrid. Claramente definitorio. Eso en otros sitios de España, por no decir del mundo, es impensable.

La ciudad respira, vive, se transforma, como un inmenso ser social que se mueve, cada segundo. En la inmensa aldea global en que se ha convertido el mundo, la ciudad que nunca duerme -como también se la denomina al igual que a Nueva York, con la que comparte muchas similitudes y un mismo espíritu- ha pasado de que casi toda su gente fuera de fuera (pero dentro de España) a que sean de cualquier parte del Mundo. Cierto es que, a diferencia de mi generación, el número de gente cuyos padres y abuelos sea local ha crecido, pero tiene los días contados. Te puedes encontrar gente de todas partes del globo; y el mestizaje está a la vuelta de la esquina.

De hecho, recuerdo una vez que fui a Príncipe Pío, una estación de tren, de la que parte ha sido remodelada para convertirla en un centro de ocio y entretenimiento, con bares, cines y demás. La situación de mezcolanza era tan extrema que me sentí extraño, como si de repente estuviera en el extranjero. El distinto era yo. Curioso.

Cuando era pequeño solía ver un mapamundi como una masa amorfa, donde si cogías y hacías una X en la parte terrenal, aparecía en el centro del Mundo, y como una de las pocas formas definidas, España y en concreto Madrid. No es que realmente sea así, ni que sea la ciudad más importante del mundo, aunque alguna vez lo fue, pero es mi ciudad y disfruto con sus virtudes, al igual que rechazo sus defectos. Una cervecita en la Latina, un paseo por el Prado, un salir por la noche por cualquiera de sus innumerables opciones, un correr por el Retiro o la Casa de Campo…

Me llamaba la atención, que en cuanto hay una festividad, unos días libres, la gente se va, desaparece. Y no es sólo porque gran parte de ella sea de otras partes, y retornen a ellas; o porque aquí la gente esté a disgusto. La gente se va a cualquier otro lugar, y al escucharles ves que hablan bien de su ciudad, pero lo que quieren es conocer más, ver más allá de los límites. Amplitud de miras, apertura de mente. Recuerdo que una vez me contaron que en un pueblo de Extremadura la gente de fuera no era bienvenida “porque se comen nuestra comida”; pues bien, en este caso sería todo lo contrario.

Considero la vida como un bufé, cuando llego a un nuevo lugar pienso “¿Qué es lo que hay? ¿Qué es lo que me ofrece?”. Quiero mucho a mi ciudad, a mi país, pero no soy tan idiota para pensar que todo lo que tiene es lo mejor. Como decía un amigo mío -aunque la frase no se si era suya-: “contra el vicio de los nacionalismos, la virtud del viajar”.

Si he de expresar el espíritu de mi ciudad en una frase, me quedo con un lema de un anuncio que lo define claramente: “Si vienes a Madrid, eres de Madrid”.

Jose Antonio Rodríguez Clemente

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